4.º El hombre ocupa lugar eminente entre
las criaturas: es el fin próximo y parcial de la creación, y el ser que más se
asemeja al Creador. Es un animal compuesto de alma y de cuerpo viviente, dotado
de razón, de libre albedrío, y capaz de vicios y virtudes. Sin embargo, el alma
racional no es lo que constituye al hombre, sino que, por el contrario, el
hombre es solamente el cuerpo que está formado de la tierra: sed corpus, quod
ex humo factum est, id tantum homo est. Esta opinión de San Isidoro, si se la
toma en sentido literal, es la antítesis de la teoría platónica; pero
probablemente sólo quiso dar a entender que la palabra homo trae su origen
etimológico de humus.
5.º El alma racional no es parte de la
substancia divina, ni trae su origen de la materia, sino que es incorpórea y
espiritual, creada de la nada por Dios, e inmortal; pues aunque tiene
principio, no tiene fin, a diferencia de las almas de los brutos, las cuales,
después de la muerte, se disuelven y desaparecen juntamente con el cuerpo.
6.º Este mundo visible, compuesto de
cielo, tierra, mares y estrellas, se llama mundo porque está siempre en
movimiento y porque sus elementos están sujetos a perpetuas mutaciones (mundus
est appellatus quia semper in motu est; nulla enim requies ejus elementis
concessa est) o cambios de ser y de obrar. Fue creado o sacado de la nada por
la omnipotencia de Dios, en todas sus partes, incluida la materia que entra en
[105] su composición. Ni se debe imaginar por eso que Dios, al crear el mundo,
comenzó a querer o hacer algo de nuevo; porque aunque el mundo no existía antes
realmente, existía en la razón y en el consejo eterno de Dios: et si in re
mundus non erat, in aetema tamen ratione et consilio semper erat.
7.º El origen del mal es el defecto o
malicia de la voluntad; pues la naturaleza y la voluntad, consideradas en sí
mismas, son buenas, como lo son también todas las substancias creadas; el mal,
como tal y considerado en sí mismo, no es naturaleza o esencia: malum in seipso
natura nulla est.
Por estas breves indicaciones, es fácil
reconocer que, aparte de su opinión acerca del constitutivo esencial del hombre
y de algunas otras de escasa importancia, la Filosofía de San Isidoro es la
Filosofía cristiana expuesta con la extensión y método que permitía la época.
Debido a esto y a la influencia y al renombre que adquirió en la Iglesia
española, y al influjo de su tratado enciclopédico las Etimologías, el impulso
dado a los estudios por el doctor Hispalense contribuyó eficazmente a la
conservación y desenvolvimiento de las ciencias humanas y eclesiásticas en la
Península ibérica, a pesar de las dificultades de los tiempos. Resultado y expresión
de ese movimiento filosófico y científico, fueron las escuelas de Sevilla, de
Córdoba, de Zaragoza, de Toledo, de Vich y de otras iglesias, en las que
brillaron los Braulios, Ildefonsos, Tajones y Eulogios; en que Gerberto venía a
estudiar los secretos de las ciencias naturales, y que prepararon de lejos el
camino para el advenimiento de San Raimundo de Peñafort, de Lulio, de Raimundo
Martín y de Pedro [106] Hispano, con las decretales del primero, las notables
obras filosóficas del segundo, la no menos notable Pugio Fidei de Raimundo
Martín, y las Summulae logicales del cuarto.
§
24 El
movimiento Isidoriano
Ya hemos indicado que el libro de las
Etimologías es una especie de enciclopedia de los conocimientos humanos en la
época de su publicación. Pero la importancia de las obras de San Isidoro, y
especialmente la de sus Etimologías, más que en su mérito intrínseco, –aunque
muy notable, atendida la época– debe buscarse en la influencia incontestable y
eficaz que ejerció en toda España bajo el punto de vista filosófico y
literario. Expresión y resumen probablemente de las lecciones orales
pronunciadas por San Isidoro en su grande escuela sevillana, las Etimologías
representan la base y el punto de partida del gran movimiento intelectual que
colocó a la España del siglo VII por encima de las demás naciones. Sobre el
modelo de la escuela fundada y organizada en Sevilla por San Isidoro, se
fundaron, como hemos dicho, otras en Toledo, Zaragoza, Barcelona, Braga,
Córdoba, Vich y otras partes, y los nombres de Braulio y Tajón, obispos de
Zaragoza, de San Ildefonso y Julián, de Toledo, así como los de Idacio de
Barcelona, Conancio de Palencia, Fructuoso de Braga, evidencian el influjo
poderoso y universal de la escuela isidoriana en toda la Península ibérica. Desde
las costas orientales hasta la [107] desembocadura del Tajo, desde las montañas
astúricas hasta las riberas del Betis, aparecieron por todas partes escuelas
clericales y monacales, o fundadas, o dirigidas por los discípulos de San
Isidoro.
Expresión y resultado de este gran movimiento científico, filosófico,
religioso y literario, fueron, además de los nombres citados, los famosos
Concilios de Toledo, el no menos célebre Forum Judicum, primer ensayo de una
legislación racional y filosófica entre los pueblos bárbaros, el Collectaneum,
o sea los cinco libros Sententiarum de Tajón, primer ensayo
teológico-escolástico, y los Prognósticos del siglo futuro, en que San Julián
trata y discute filosóficamente la espiritualidad e inmortalidad del alma
humana.
El impulso comunicado a las ciencias por
San Isidoro y sus escuelas fue tan enérgico, tan universal y tan profundo, que
no pudo ser ahogado por la invasión agarena. En medio de la gran catástrofe, y
después de ella, florecen todavía las escuelas cristianas que representaron por
siglos la tradición isidoriana. Isidoro de Beja, que dejó consignada en su
Chronicon la jornada infausta del Guadalete y sus consecuencias inmediatas, de
las que había sido testigo; Juan, Obispo de Sevilla, conocido por su
correspondencia literaria con Álvaro de Córdoba; Bracario, su antecesor, que
había impugnado y rechazado la doctrina de Orígenes acerca del alma,
los Álvaros, Eulogios, Esperanideos de Córdoba, Hatón, Obispo de Vich y maestro
[108] de Gerberto, demuestran la continuación del movimiento literario
isidoriano a través de las calamidades, resistencias y contradicciones de la
dominación musulmana.
Además del Trivium y del Quatrivium, que
constituían la enseñanza general de las escuelas públicas por aquel tiempo, en
la escuela isidoriana se enseñaba hebreo, griego, geografía, derecho, teología
moral, historia y cosmografía, siendo muy de notar para aquella época las
nociones e ideas geográficas, filosóficas y cosmográficas que contiene el libro
que con el título De natura rerum escribió San Isidoro, sin contar las que se
hallan en las Etimologías.
La escuela y las obras de San Isidoro
constituyen además una demostración práctica e ineluctable de que la Europa
cristiana no necesitó de los musulmanes para marchar por los caminos de la
civilización y de las ciencias, y que lo que éstos hicieron fue más bien
entorpecer y paralizar el impulso dado por el gran Arzobispo de Sevilla,
propagado y continuado por sus discípulos y sucesores.
Todavía es más infundada e
inexacta la opinión de los que afirman que la Europa cristiana debió a los
árabes, y principalmente a Averroes, el conocimiento de los escritos de
Aristóteles. Los que tal dicen, seguramente no han leído las obras de San
Isidoro, porque, de haberlo hecho, no es posible que sustentaran semejante
opinión, la cual, después de todo, no es más que la reminiscencia de las iras y
exageraciones antiescolásticas de algunos escritores del Renacimiento, a la vez
que el eco de las aficiones averroísticas de otros. Sin salir del tratado ya
______________________________________________
Si nuestro San Isidoro es el iniciador y
el representante legítimo de un gran movimiento literario en la Península española,
es también el eslabón de la cadena que une la concepción filosófico-patrística
con la concepción filosófico-escolástica, que tan extraordinarias señales de
fecundidad había de dar, andando el tiempo. [110]
En este concepto y desde este punto de vista,
Ozanam pudo escribir con razón: Isidore de Seville compte avec Cassiodore et
Boëce parmi les instituteurs de l'Occident.§
25 San
Liciniano y San Beato
Al hablar del movimiento isidoriano,
vienen naturalmente a la memoria los nombres de San Liciniano y San Beato. El
primero, que fue Obispo de Cartagena, fue también contemporáneo y amigo de San
Leandro, y por lo mismo puede decirse que representa la tradición de la
Filosofía española y como el punto de partida inmediato del movimiento
isidoriano. En sus escritos refuta algunas de las teorías de Orígenes, rechaza
la opinión, bastante común entonces, de que los astros estaban animados o eran
movidos por espíritus (mihi... nullo pacto suaderi potest ut credam astra coeli
spirtus habere rationales), demuestra que el alma humana es inmaterial e
incorpórea, y discurre con bastante acierto acerca de la naturaleza y
propiedades del alma, siendo de notar que el Obispo de Cartagena afirma o
enseña, entre otras cosas, que el cuerpo no contiene al alma, sino más bien
ésta al cuerpo (non anima continetur a corpore, sed anima continet corpus), y
que el alma existe toda o indivisiblemente en todo el cuerpo y en cada una de
sus partes: Tota igitur anima... tanta est in minore corporis parte, quanta in
majori: si enim extrema corporis pars vel digito tangatur, tota sentit.
Si Liciniano puede considerarse como
precursor del movimiento filosófico isidoriano, San Beato, que floreció en las
montañas de Liébana a últimos del [111] siglo VIII, representa y es como una
demostración real e histórica de la influencia decisiva de aquel movimiento,
que llegó hasta las regiones más apartadas de su centro, y que se prolongó a
través de los años y siglos.
Escasas son las noticias que la historia
nos ha transmitido acerca de la vida y escritos de Beato; pero por la carta
que, en unión con Eterio, Obispo de Osma, escribió a Elipando con el objeto de
rechazar y refutar la herejía adopcianista que este defendía y propagaba, se ve
claramente que el habitante de las montañas astúricas poseía conocimientos
teológicos y filosóficos no muy comunes en aquella época.
Al refutar la herejía adopcianista, Beato
observa oportunamente que las cosas pertenecientes a la fe no deben definirse
por la Filosofía, por más que ésta sea muy digna en sí misma y capaz de
adquirir conocimientos científicos, porque no es la Filosofía, sino la fe, la
que se halla al alcance de los hombres sencillos (Fides vera sine philosophia
seculi est, simplex est, et omnibus rusticis manifesta), y, por consiguiente,
de la generalidad de los hombres, al paso que la Filosofía o la ciencia sólo
pertenece a algunos. Por otra parte, añade, los Apóstoles son los que nos
enseñaron por primera vez ciertas verdades, o sea las verdades de la fe, que
ninguno de los filósofos llegó a conocer ni enseñar con las fuerzas solas de su
razón natural:
Nullus philosophorum potuit dicere primus: TU EST CHRISTUS FILIUS
DEI VIVI, nisi Petrus piscator, homo rusticanus et pauper... Nullus sapiens mundi primus potuit dicere:
IN PRINCIPIO ERAT VERBUM, ET VERBUM ERAT APUD DEUM, ET DEUS ERAT VERBUM.
Como los partidarios del adopcionismo
aducían en [112] favor de éste argumentos tomados de la antropología, San Beato
demuestra la falsedad de estos argumentos. Con este motivo enseña,
a) Que el hombre perfecto consta de alma,
cuerpo y espíritu; pero advierte a continuación que el espíritu no es
substancia distinta del alma racional, sino la parte superior de ésta, o mejor,
la facultad de contemplar a Dios (dicitur spiritus quia Deum contemplatur), o
de elevarse a la contemplación de las cosas divinas y sobrenaturales, sin que
por eso se deba concebir como substancia distinta del alma: Non quod altera sit
anima in substantia et alter spiritus, sed ipsa anima unus est idem spiritus.
b) Consta, pues, el hombre de dos
substancias solamente, que son el cuerpo y el alma. Ésta no tiene origen
mundanal o por generación humana,
porque es substancia espiritual semejante a los ángeles y hecha a imagen de
Dios. De la unión del alma con el cuerpo resulta o se compone el hombre uno.
c) El alma humana, sin dejar de ser una
sola substancia, recibe diferentes nombres por razón de la multiplicidad o
pluralidad de acciones,
las cuales proceden todas de la misma alma.
Lo que fueron para la Galia Mamerto Claudiano,
para la Italia Boecio y Casiodoro, para la España San Isidoro de Sevilla,
fueron Beda y Alcuino para la Gran Bretaña y para la Alemania, en atención a
que el segundo, aunque pertenece a la primera por su nacimiento, enseñó,
escribió y difundió su influencia literaria en las provincias de Francia y de
Alemania, sin contar que parte de los evangelizadores de la última y fundadores
de sus escuelas, salieron de la Irlanda y la Inglaterra para llenar y cumplir
la misión providencial que recibieran, de continuar la tradición filosófica de
la antigüedad pagana y de la época patrística, hasta enlazarla con la Filosofía
escolástica. Beda y Alcuino escribieron tratados elementales de las ciencias y
artes entonces conocidas y cultivadas.
El primero, aparte de sus numerosas obras
exegéticas, históricas y místicas, escribió tratados de retórica, de gramática,
de Filosofía, de astronomía, de matemáticas y hasta de ortografía y
versificación, y si bien es verdad que algunos de los tratados filosóficos y
científicos que se encuentran en la colección de sus obras son apócrifos,
indican por lo menos el concepto que se tenía generalmente acerca de sus
conocimientos sobre la materia. Este sabio, monje y sacerdote, que había nacido
en el año de 673, pasó a mejor vida en 735, es decir, el mismo año en que nació
Alcuino, que debía continuar sus tradiciones literarias y científicas [114]
llevándolas hasta los umbrales de la Filosofía escolástica, puesto que falleció
en 804.
Este último, maestro, amigo y consejero
de Carlomagno, sin contar sus muchas obras teológicas y ascéticas, y sin contar
tampoco su libro sobre las siete artes liberales, escribió algunos tratados
especiales relacionados con la Filosofía, entre los cuales figuran los
siguientes: De virtutibus et vitiis. –Dialéctica, diálogo en que aparecen como
interlocutores el mismo Alcuino y Carlomagno.– De Animae ratione, en el cual
establece y prueba la espiritualidad del alma humana, su creación ex nihilo, su
inmortalidad, su libertad y hasta su movimiento perpetuo, según parece
desprenderse de la siguiente definición: Spiritus intelleclualis, rationalis,
semper in motu, semper vivens, bonae malaeque voluntatis capax.
La Filosofía es, según Alcuino, «la
investigación de las naturalezas y el conocimiento de las cosas humanas y
divinas.» Pero para el cristiano la Filosofía verdadera consiste en la rectitud
de la vida, meditación de la muerte y desprecio del siglo y aspiración a la
patria celestial.
Sabido es que Alcuino aconsejó a
Carlomagno la organización de una especie de academia científica y literaria,
que tenía sus sesiones en el mismo palacio imperial, y que contribuyó a
propagar el gusto y la afición por las letras. La enseñanza que había recibido
en el monasterio de York bajo la dirección del Obispo [115] de esta ciudad,
Egberto, fue más sólida y más vasta que lo que podía esperarse de las
condiciones de la época. Alcuino estudió allí, además del latín, el griego y el
hebreo, y las citas y alusiones de todo género que se encuentran en sus escritos,
prueban la extensión de sus conocimientos, y prueban, sobre todo, que los
monasterios de Inglaterra e Irlanda son considerados justamente como uno de los
focos principales de luz y de saber para la Europa cristiana de entonces, y
especialmente para las provincias germánicas, cuyas primeras escuelas fueron
fundadas o dirigidas por los monjes.
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